Apareció de repente, la cartera colgada al brazo en un desganado intento de mostrarse despreocupada, abrazada a un montón de fotocopias, una expresión acartonada, vestido y zapatos más que usados. Resopló. No quiso o no pudo sonreir. Se la veía desinflada, pero, por lo que me dijo, no fue así. Me voy, ya no aguanto tanta estrechez mental, física, ecomómica. Me voy.
Me quedé dura. Esas no eran palabras que pudieran salir de ella, siempre niñita buena, correcta y sumisa.
Miré su rostro. No parecía una decisión irreflexiva, más bien todo lo contrario.
¿Qué le había ocurrido? No pude sospechar, en los años que llevaba tratándola una idea semejante. Después de decírmelo su mirada fue arrogante y atrevida ; su resolución la llevaría hasta dónde ya lo había decidido.
En cierta manera me alegré, en cierta manera me precupé.
¿A dónde iría? ¿Cómo viviría?
Yo sabía positivamente que se iba sola, que la idea de otro hombre ni se le pasaba por la cabeza. Era una representante del signo de la fidelidad.
Por supuesto, nada más me dijo, yo ya sabía cómo había vivido hasta ahí.
Le deseé mucha suerte y desde el fondo de mi alma admiré su coraje.
Ella necesitaba aire, alas; quería desarrollar toda esa capacidad con la cual había nacido, y estuvo tantos años postergada. Yo estaba segura de que lo lograría. Además pude intuirlo en esa mirada cargada de matices y de brillos.
Ana me abrazó y no lloró. Caminó despacio y dobló en la esquina.
Yo también caminé lentamente.
Tal vez me escribiría, o alguna llamada...o no. Podría querer dejar todo este escenario completamente en el pasado e iniciar otra historia. Diferentes paisajes, diferentes protagonistas, diferente guión.
Y bueno, Anita lo merecía.
Y yo, por respeto a sus ideales que también eran los míos, debería conformarme.
¡Quién sabe! Puede que alguna vez lea su triunfo en algún lugar.
Me encantaría.