Entre los meses de junio y julio, tuvimos nuestra residencia en la inigualable Berlín, en la Jansastrasse. Nuestro circunstancial departamento era agogedor aunque un tanto fresco, pero sólo estábamos en él un rato por las noches, antes de acostarnos. La casa antigua, no ofrecía un aspecto demasiado optimista, ni desde afuera ni en el Hof. Sin embargo, sus dueños nos brindaron cordialidad y simpatía, y esto amainó suficientemente la apariencia del lugar.
Por las mañanas, generalmente,luego de un abundante desayuno, salíamos a descubrir la ciudad, sus gentes, sus colores, sus sabores. Si bien para la hora del Mittagessen estábamos alejados de nuestro barrio, para la hora de la cena gustábamos ir al Güney, atendido por una familia turca, donde saboreábamos el clásico Döner Kebap. Riquísimo. A nosotros nos parecía una comida saludable, cuando deseábamos escapar de la cremas o carnes de cerdo, que en diferentes opciones ofrece la cocina alemana. Ojo, también deliciosa.
Así es que, una vez por semana, aparecíamos por ese "comedero" situado en la esquina de Sonnenallee y Reuterstrasse.
Al salir de allí, recorríamos las dos cuadras hasta nuestra Wohnung contentos y todavía algo incrédulos por la experiencia que estábamos viviendo.
Por lo general, nos acompañaba la invitada de piedra: la lluvia, la mansa lluvia que no sólo formó parte del escenario cotidiano, sino que colmó en muchas ocasiones, nuestro adormecido romanticismo.