martes, 15 de enero de 2008

la pasajera del asiento trasero

Joven, bonita, enigmática. Desde hace unos años, cuando apareció en esta ciudad, ocupa invariablemente el asiento trasero del auto azul.
Su presencia se hizo notar de inmediato: a todos les fascinaba su belleza, nada convencional por cierto. Su tez tirando a mate, su rostro perfectamente enmarcado, boca mediana, de labios finos y seductora sonrisa. Sus ojos son casi redondos podría decir, grandes, color café, con abundantes y largas pestañas y cejas delicadas. Se destaca su mirada, siempre diferente: escrutadora, pícara, alegre, admirada, airada. Increíblemente profunda en todos los casos. Es difícil no sucumbir a su hechizo.
Su cabellera se muestra ora desprolijamente rebelde con mechones que caen sobre su amplia frente y que ella busca sin éxito y con ademanes rápidos ordenar un poco, ora luce en espléndidos peinados que el personal a su cargo tiene que llevar a cabo, según especiales peticiones y según su humor.
Ella es realmente angelical. Su presencia no pasa desapercibida, aunque no haga gran cosa por hacerse notar.
Tiene un cuerpo proporcionado, que menea en su ágil y deportivo andar.
La mayoría de las veces emprende sus paseos con Paul, un joven alemán de piel cobriza, que se sienta a su lado y la llena de mimos.
¿Por qué opta siempre por el asiento trasero?
Puede que parezca un misterio, pero quienes están más cerca de ella saben que no es así.
Atrás luce radiante como una princesa imperial, de hecho así la llaman: princesa. Tiene una visión más abarcativa de ese mundo que la seduce y que aún no conoce suficientemente. Además, con todo su atavío, carteras, bolsos y demás pertenencias que la acompañan en casi todas las salidas, es poco probable que alguien más pueda sentarse a su lado, excepto Paul o a quien ella, a veces, con algún mohín especial requiere y es complacida casi con subordinación.
Por allí viene la princesa en el asiento trasero.
Si te topas algún día con ella, hazte a un lado con premura y obsérvala. Es todo un espectáculo de colorido, risas y buen humor.
Es la princesa Lucía.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que la princesa Lucía no sería tan bella, ni tan encantadora, ni tan dulce si no tuviese esos dos ojos llenos de magia que la siguen desde siempre. Creo que somos bellos en muchos sentidos, pero lo somos aun más cuando contamos con miradas de afuera, lejanas pero cerquita, aquellas que nos acercan a la perfección desde el corazón.

Anónimo dijo...

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